La importancia del lenguaje que utilizamos al referirnos a la realidad socio-política cobra una inusitada relevancia
en los múltiples debates que surgen diariamente en las llamadas «redes sociales». Estas plataformas virtuales han multiplicado el número de «charlas de bar» hasta un nivel desproporcionado,
teniendo en cuenta lo poco eficaces que resultan para alcanzar los objetivos que todo debate debería buscar: enfrentar unas ideas con otras en un marco racional que permita que estas se perfeccionen o se abandonen,
restando importancia al prejuicio y haciendo prevalecer la argumentación. Esto pocas veces se consigue en el entorno virtual. No es sólo por las motivaciones de los contendientes. Una conversación convencional
trae involucrados una serie de factores que pueden favorecer el proceso de un debate constructivo (ya sean recursos retóricos o empáticos). En las redes sociales las palabras son prácticamente los únicos
recursos de los que se puede hacer uso. Digo las palabras pues los conceptos que se relacionan con tales palabras pueden ser muy diferentes entre los distintos interlocutores. El mismo debate en sí puede basarse en
esa diferencia. Palabras como «izquierda», «democracia», «explotación» o «terrorismo», no parecen ser utilizadas de la misma manera ni para reflejar las mismas realidades.
No pretendo hablar ahora de forma exahustiva sobre estos problemas. Todo esto me viene a la cabeza por culpa de un vocablo en concreto, uno que he utilizado muchas veces en mi vida (antes ya de que existiera la web), que sigo
utilizando y que sigue estando de actualidad. Hoy día muchos individuos se revuelven ante este vocablo, haciendo ver que desconocen su significado (de forma retórica, a mi parecer) y manifestando su perplejidad
y rechazo cuando se les aplica. Este vocablo es «facha».
Decir «facha» es decir «fascista» de forma peyorativa. Puede parecer extraño que se necesite
una forma peyorativa para referirse al fascismo teniendo en cuenta la poca simpatía que le tiene el público en general a esta forma de gobierno. Pero hay que tener en cuenta que el fascismo inventó el
propio vocablo, y para los fascistas de verdad el adjetivo no es un insulto. También hay que tener en cuenta que en España, el régimen de Francisco Franco no fue un régimen
plenamente fascista. El fascismo pretendía ser innovador mientras el régimen de Franco se desarrolló, más bien, como un autoritarismo reccionario. Mientras el fascismo
de Mussolini y el nazismo de Hitler reaccionaron ante una democracia decrépita y corrupta de origen burgués a la que achacaban la decadencia del país, Franco reaccionó ante un movimiento novedoso
e innovador de base popular, restaurando valores del antiguo régimen. Franco fue la definición en carne de un reaccionario. Aquí, a esta gentuza, se les llamó fascistas porque utilizaron las estrategias
de represión del fascismo y fueron financiados y ayudados activamente por los fascista para reinstaurar una sociedad clasista y un estado autoritario a la vieja usanza. Es por eso que «facha» también
funciona como sinónimo de reaccionario, persona que rechaza el progreso social y celebra valores supuestamente anticuados.
Mucha gente rechaza el uso de este vocablo. Dicen que refleja una tipología de individuo que ya no existe en la sociedad
actual, más que nada porque la sociedad ha cambiado mucho y ya no existe una dicotomía como la que caracteriza la Guerra Civil Española. Sería como llamar a alguien bonapartista 200 años
después de la muerte de Napoleón. Esta gente ignora que la dicotomía sigue estando presente porque piensan que vivimos en Democracia , y que en Democracia la dicotomía de las clases se anula, ya no tiene sentido. En Democracia las diferencias entre ricos y pobres no son las problemáticas. La
dicotomía que se observa en Democracia es entre trabajadores, sean ricos o pobres, y ladrones, sean ricos o pobres. Entre los trabajadores se incluyen, por supuesto, los empresarios de éxito, viendo como algo
completamente normal, obvio y justo el que posean un poder adquisitivo anonadadamente desproporcionado. Entre los ladrones los hay más bien humildes, como los parados y otros beneficiarios de prestaciones sociales,
y los inmigrantes. Entre los ladrones ricos tendríamos, más que nada, a los políticos, los únicos responsables de que el sistema, que no es perfecto pero es el mejor, no funcione. Sí, señores,
no es el sistema el que está mal hecho. Son las personas, que son mala peña.
Aquí es cuando volvemos al tema del lenguaje. La ideología oficial afirma con fuerza que vivimos en Democracia,
dándole un uso indebido al vocablo (indebido o nuevo, que es mucho peor). La Democracia no es un estado de cosas. El dogma democrático afirma que hemos llegado a un estado de cosas óptimo, en el sentido
de que el progreso político ha terminado, ya hemos llegado a la meta. La única discusión política se refiere a qué personas deben gobernar en cada momento. Si las cosas no van bien, signifique
lo que signifique eso, los responsables lo han hecho mal y hay que elegir a otros, no hay más. Este dogma consigue poder de convicción gracias a la falacia constitucionalista : es la idea de que una constitución escrita garantiza por su existencia los derechos que proclama. Hoy día tanto la RAE, como la mayoría de
la opinión pública y los ideólogos del régimen consideran que la Democracia es un régimen político, cuando debería considerarse que la democracia es un carácter de dicho
régimen, y no el único. Las potencias democráticas occidentales aprendieron mucho de la segunda guerra mundial y de los fascismos, de tal manera que tomaron como modelo sus estrategias de represión
y adoctrinamiento:
1) El uso reiterado de agresiones brutales contra la ciudadanía acompañado de mecanismos mediáticos para su justificación y normalización. Esta estrategia es un calco del
proceder de los estados totalitarios, pero alcanza un nivel de eficacia asombrosamente superior a éstos en democracia. La privatización de los recursos mediáticos añade
un plus de confianza en la imparcialidad de la interpretación de los hechos. Ya sean palizas a manifestantes o genocidios en el extranjero, se asume que su justificación depende de su necesidad, mientras su práctica
se normaliza (debido también a su frecuencia).
2) La propaganda incesante. La prensa audiovisual nos acerca a nuestros líderes y nos los muestra en su cotidianidad, como trabajadores para el pueblo, así como nos aporta mitologías
fundacionales del régimen y descripciones de solemnidad religiosa de las instituciones del estado.
3) Noticias de prosperidad, crecimiento (o mejoría, en casos de indudable crisis). Cosa curiosa, la mentira se convierte en algo más permisible: se asume que los políticos tienen interés
en la reelección y se ve normal que se «maquillen» las cosas. También se asume que el político roba. Lo importante es en qué grado. Esto también convierte la honradez en una característica
excepcional y encomiable en un político, lo cual es un poco triste, la verdad.
4) Perpetua economía de guerra. Siempre hay guerra. Ya sea por recursos, por influencia o castigo, en todo caso es un continuo revulsivo económico.
El belicismo y la propaganda van de la mano, así como el belicismo y el sistema económico, mal llamado, capitalista.
5) La inclusión, de todo aspecto de la vida, en el estado. No sólo son los desfiles, las votaciones, etc. También pueden ser las manifestaciones, si son convocadas por ciertos partidos
o asociaciones. También ciertos actos de iniciativa privada pueden ser «usurpados» por el estado para hacer propaganda. En todo caso, todo estado democrático se convierte en un «movimiento de
masas»
Hay que reconocer el carácter democrático del sistema. Sobre el papel, la voluntad popular se podría
expresar a través de las instituciones para así poder reformarlo. Su carácter fascista no permite esa expresión en la realidad. Culpar a los gobernados por la calidad de los gobernantes es un punto
de vista de la ideología oficial que refleja una realidad que se debería de expresar de otra manera: somos responsables de las vejaciones que sufrimos, somos responsables de represión que se nos aplica,
aunque unos más que otros. Si usted defiende el sistema, no sólo defiende la democracia. También defiende el fascismo. Por lo tanto, es usted un facha.